Hace
una semana que estoy leyendo un libro de Eduardo Sacheri que se llama Papeles en el Viento. Me parece muy bien
escrito y la historia me tiene atrapado. El problema no es el libro. El
problema es como el estilo y la prosa del libro se meten en mi cabeza, de una
manera tan invasiva que si me siento a escribir me salen frases que me suenan
Sacherizadas y así con cualquier libro que lea. Me siento un ladrón y me frustro
tanto que termino por no escribir nada.
Pero
hoy abstraído en el vaivén de la cola de mi perro Coco, encontré una
explicación que, al menos por esta tarde, ha servido para acallar a la voz que
desde atrás de la oreja me grita Chorizo.
Mi
cerebro tiene como casi todos, dos hemisferios individuales conectados por una
represa. Todo tipo de información que capten mis sentidos entra como un río
correntoso – o como un gotero- al sector derecho. Este jugo de
información está constituido por significantes, que caen frescos y desordenados
al hemisferio derecho, que habitualmente esta vacío o tiene un fondo de olla
con algún sueño sin recordar, o una ex novia de la que no me acuerdo la cara.
Una
vez que el nivel sube, se activa la compuerta que deriva hacia la izquierda de
mi cabeza. Allí lo esperan millones de mojarras microscópicas que atacan
vorazmente todo lo que les pase cerca: libros, fotos, revistas, series de TV,
Tom y Jerry, El capital de Marx, una noche fría, un queso gruyer o el idioma
catalán. Todo es alimento para ellas, no discriminan –creo que son ciegas- por
calidad, erudición, o modas. Todo lo que entra lo atacan y devoran. Así se
equilibran los dos estanques para sostener esa idea de que el saber no ocupa
espacio. Es falso: si lo ocupa, pero estas mojarras, carnívoras y ciegas se
ocupan de ir descomponiéndolo.
Es
por eso que cuando leo un libro sus contenidos están tan frescos porque aun flotan sin ser devorados y cuando
escribo algo me siento indefectiblemente un ladrón de estilo, o si ví una
película inglesa me siento más elegante al salir. Con algo de esfuerzo puedo
recordar algo que sucedió hace unas semanas, o una idea de un libro que leí
hace un año. Esos datos están frescos aun en el lado derecho de mi cerebro retenidos por alguna duda, y casi seguro irán a parar al
centro de reciclaje del otro lado de la represa en algún desborde.
Pero
como en cualquier sistema cerrado donde nada se pierde y todo se transforma,
estas mojarras dejan restos de su voracidad. Ese excremento se diluye al
torrente sanguíneo, o se gasifica hacia los pulmones. Es por eso que alguna
reminiscencia potente nos puede hacer latir más fuerte el corazón o dejarnos sin
respiración.
Junto
con los desechos, las mojarras desovan sin paz huevas de donde nacen las crías.
A los 36 grados del cuerpo van naciendo y transitando cada milímetro de tejido
blando. Cuando dan un giro completo pasan a través del corazón, que siempre
tiene algún dulce para ellas, y así van creciendo hasta llegar, río arriba, a integrarse al cardumen titular.
Una
vez que comprendí este complejo sistema en vez de alegrarme, me ensombrecí. Pensé
que había encontrado la explicación a por qué me sentía un ladrón, pero me
derrotó la idea de que con toda esa información digerida no pueda escribir al menos una
línea coherente. Supuse que mis mojarras eran demasiado vagas y comían lento,
entonces nunca hacían a tiempo a reciclar todo y lo iban cajoneando como si
fueran empleadas públicas. “No tengo destino” cavilé mientras me hundía en la
cama a ver televisión.
Era
tarde ya y tras dos vueltas completas de zapping comencé a cerrar los ojos y
entré en un estado de somnolencia como en una siesta al sol, la voz grave de
una mujer comenzó a susurrarme entre sueños. Al principio pude sostenerme en el
filo de lo onírico, pero en una distracción se coló, decidida en mi cama, y yo la
dejé hacer. No sé cuanto tiempo después me sobresalté en un estado de erección
total. Lo cierto es que me reconfortó un poco porque hacía tiempo que no me
sucedía, ni en sueños ni en vigilia. Supe que en ciertos sistemas cerrados, si
no expulso nada voy a reventar. Y me preocupé por la vida sexual de mis
mojarras de reciclaje. En cómo se reproducían si sin tener contacto nunca con
el exterior. La respuesta nadó en línea recta hacia el centro de mis ojos: mis
mojarras eran de la
Realeza. Eso explicaba, no solo su poca aflicción al trabajo,
sino que sólo se relacionaban endogámicamente, por lo que su prole, fecundada
con el mismo tipo de información genética y sin cruce con ninguna especie dan
como resultado un cardumen familiar de peces mogólicos que engendran a su vez
otras mas idiotas y así cada día y cada año hasta que abdican o huyen.
Ahora
ya no me culpo por robar ideas, cualquier cosa que diga, todo escriba, piense o
calle es dictado por un gobierno de peces mogólicos sin mas aspiración que
comer y reproducirse dentro de las murallas de su castillo. Lo mismo da que lea
los libros clásicos, vea películas de culto o que intente encontrarle
coherencia al peronismo. No les interesa nada. Por supuesto, tampoco les
interesa mi angustia ante esta página en blanco. Mucho menos que se me haya
escapado la erección.